El niño de la caja
El niño de la caja
En mi mente tengo aún grabadas las reglas que alguna vez la W3C le haya puesto a la web. Y tanto así que en parte por eso la completa devoción al puntaje máximo de los caprichos de un linter frío y mecánico como lo es Lighthouse.
Pero por más que la quieran dibujar, la historieta no es tan complicada. Las reglas son de fondo muy sencillas. No hacen falta los miles de compresores y transpiladores enfermizos que solo tapan los agujeros del barco herido de muerte que son los frameworks.
Simpleza, elegancia rudimentaria, polea, palanca, rueda, fuego, arco y flecha. Una roca que golpea la obsidiana informática. No necesitás tanto, ni ser tanto para hacer tanto. Roca, caña y alquitrán.
Podría estar haciendo cualquiera de esas cosas. Podría estar calentando una hoja al rojo vivo esperando el momento justo del golpe. Pero no nací allí, el acero no lo tuve cerca. Y aunque suene ridículo, lo que tuve a mano en esta metrópolis fue solamente un puñado de transistores. Mientras mi cerebro es un megáfono, solo me queda eso para poder calmarlo; eso, y alguna resma de papel.
No necesitás tanto. Podría estar plantando papas. Pero no tuve tierra fértil bajo mis pies, solo tuve a mano un vil puñado de transistores y algunas hojas de papel.
Entonces no me vengan a decir qué es lo que tengo que hacer. Yo simplemente golpeo piedras hasta que producen chispa.
En mi juventud no tenía mucho dinero, y ciertamente tampoco los últimos avances de la tecnología del "gaming" que muchos otros disfrutaban dándolos por hecho. No programaba, pero creaba sistemas analógicos en ese entonces no basados en silicio, sino en cartón.
De ahí surgió un juego. Una caja con una abertura frontal. En su interior, dibujadas con crayón, unas decentes representaciones de objetos típicos de almacén. Del lado de afuera, por encima de esa ventana, un texto grande indicando el establecimiento: una caja y dentro de ella mi cerebro. "Cabeza de Kiosco" lo llamé con el tiempo. En el patio de la casa vendía yerba, aceite, gaseosa, galletitas, golosinas y una cajita de Marlboro a entidades imaginarias.
Pero eso no es casual. En el futuro me iba a dar cuenta de que siempre había hecho lo mismo: crear sistemas portables y autocontenidos alrededor de mi cerebro.
Cuando estudié Filosofía, en pocos años la dejé. No había más que el sistema y su burocracia pudieran entregarme. Y así es que preferí el sistema portable, es decir, leer a Kant en alguna de sus traducciones, mas no en resúmenes facultativos.
Con el Tamagotchi despertó mi ilusión por las simulaciones artificiales de seres pseudoanimados. Hoy le llaman IA, pero a muchas cosas les han llamado así y seguirán llamandole así a muchas mas.
Tamagotchi, piedra, palanca, fuego, polea, arco y flecha, un puñado de transistores.
Hago eso, sin perseguir la zanahoria de la moda o lo que digan los gurús en sus cohetes explosivos. Y aunque me he esforzado en la práctica diaria del mimetismo humano, al final, veo que no tiene sentido.
Nadie quiere al hombre de la caja. Es una aberración de la naturaleza. Es impredecible. Es contrera. Nadie sabe qué está haciendo ni qué estará tramando, pues todo sucede dentro de su pequeña caja. Es un peligro.
Yo sigo acá, buscándole la vuelta, pero me doy cuenta de que ese kiosco no lo voy a poder atender para franquicias. Solo me queda aquel almacén de barrio, montado sobre la cabeza de un niño.
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